María Jota Hernández

No soy la cantante

Al otro lado del túnel

 

Escribirte, amor y no saber por qué. Escribirte y nadar. Zambullirme en este mar de las palabras, y encontrarle un sentido a la nada. Nada tiene sentido y a la vez saber que todo lo tiene. Tú y yo, todos los seres…, no somos nada y a la vez ¡cuánta vehemencia! Esfuerzos por pervivir, voluntad de perdurar, anhelo por existir, deseos de entender…
 

Entrar en el túnel y en su negrura comprender que nada en lo que creemos existe en realidad. Entrar en el túnel y en su frío mortal entender que cada punto lo hemos colocado en la i equivocada. Y cuando llega la negrura más absoluta y el frío más húmedo y aterrador nos cala; cuando comprendo que tan solo soy una mota de polvo en medio de la nada; cuando me dejo llevar por la certeza de la gran mentira con la que disfrazamos la realidad; cuando esa mota de polvo, con conciencia de ser, se observa y mira hacia dentro, y sólo ve la misma nada que lo envuelve, entonces…, entonces todo cobra sentido. El interruptor de la luz se enciende y volvemos a caminar. Pero esta vez más ligeros, pues ya no hay suelo en el que pisar, no hay esquinas que doblar ni destinos a los que llegar.

 
Y volverá el enfado pero ya no seré yo el enfado. Y el sufrimiento regresará pero ya no seré yo quien sufre. La alegría me reconfortará pero ya no seré yo quien lo haga. Atravieso las emociones, porque ellas están ahí, mas no cabalgo sobre ellas; tan sólo las atravieso, paso a través y las dejo atrás. Las vivo, las siento, las padezco o las gozo. Pero no me identifico. Porque sólo soy una mota de polvo en medio de la nada, una partícula que viaja a través de un universo infinitamente más antiguo que yo, que lo alberga todo, que todo lo contiene: emociones, experiencias y miles de yos. Ese universo antiguo, sin edad ni recipiente que lo contenga, que siempre estuvo y siempre estará, contiene todo cuanto conforma, lo que llamamos realidad. En sus aguas se mueven criaturas de todo tipo, condición y naturaleza. Experiencias, seres, sensaciones y emociones. Flotando, todos, en sus aguas primordiales.
 
Comprendo, entonces, que la experiencia no soy yo ni mi yo es la experiencia. Entiendo, entonces, que las sensaciones no son yo ni yo soy las sensaciones. Intuyo que las emociones no son yo ni yo soy las emociones. Que, por lo tanto, yo no soy los demás seres ni los demás seres son yo. Pero participamos unos de otros, nos dejamos imbuir los unos de los otros, pasamos a través de ellos y ellos a través de nosotros; pero todo, experiencias, seres, sensaciones y emociones siempre quedan atrás. Siempre es así, porque no somos ellos. Fuimos lanzados al río de la vida, con sus aguas unas veces frías y otras cálidas, a veces revueltas y otras serenas, pero no somos el agua; tan sólo nos envuelve y forma parte de nosotros, pero no somos ella. Y del mismo modo que un día fuimos lanzados a sus aguas, llega siempre el día en que seremos expulsados de ellas. Y el río continuará.
 
Nada tiene el sentido que creíamos. Ya no hay un Dios en el que refugiarnos, que nos comprende, que nos cuida y nos ama. Ya no somos sus hijos predilectos, los amos, los dueños, los niños mimados. Tan sólo está el río que nos necesita durante un tiempo y luego nos expulsa de su cauce; nos disuelve, de nuevo, en el océano del que todo parte. Y cuando todo pierde el sentido que nuestra razón le otorgaba, dejamos entrar el auténtico sentido que, aún sin comprenderlo del todo, nos permite descansar y dejar atrás cualquier expectación, preocupación, miedo o anhelo. Porque todo ya da igual. No vamos, en realidad, a ninguna parte. Y comenzamos, desde ese instante, a vivir la vida plena. Comenzamos a cumplir los objetivos que, en cada momento, nos plantea la vida; a afrontar cada reto, a vivir cada experiencia, a estar aquí y ahora, y únicamente observar, pues sabemos que nada acontece en nuestro interior. Tan sólo son experiencias, emociones, sensaciones que también están aquí y ahora, que nos acompañan por etapas pero que no son nosotros. Nuestra mente las interpreta, y al hacerlo las cree suyas, se identifica con ellas. Pero yo tampoco soy esa mente. Mi yo tan sólo es esa mota de polvo, esa gota de agua, que viaja a través de la nada que todo lo contiene. Y entonces suelto. Suelto lo que antes con tanta pasión aferraba. Suelto el enfado, suelto el dolor, suelto la alegría, suelto el placer. Están ahí, lo sé. Existen, lo sé, porque las experimento pero no son yo. Las vivo pero las dejo atrás, en mi viaje a través del río. Vivo cada cosa que me toca vivir porque no queda otro remedio. Siento cada emoción porque soy humana. Pero no cabalgo sobre ella, ni me agarro a su cola para que me arrastre tras ella. El placer, el dolor, la alegría y la pena… todo son la misma cosa. Emociones, sensaciones, experiencias que vivo, que me cubren, que me atraviesan y que me empapan… pero luego parten. Y ya no me aferro a ellas. Ya no me identifico con ellas. Pasaré, eso sí, muchas veces a través de ellas porque siempre están ahí y forman parte de la naturaleza del río, pero ahora sé que ya nada de eso es importante.
 
La naturaleza del tigre es ser fiero y atacar, pero yo no puedo hacer nada para evitarlo y, lo más importante, yo no soy él. Cuando surja en mi camino lo observaré, estudiaré sus movimientos, intentaré ser más inteligente que él y procuraré evitarlo…, si puedo. Pero sí aún así él insiste en encontrarse conmigo, me enfrentaré a él, con todos los medios a mi alcance, y buscaré el modo de vencerlo, porque no quedará más remedio que hacerlo pero jamás me subiré en su lomo ni me asiré a su cola para ser arrastrada a su merced. Cada tigre, cada dragón, cada pasión, cada sentimiento, experiencia y emoción tienen un cometido, cumplen una función; al igual que nosotros, que por alguna razón fuimos lanzados a este río. Todos somos elementos de un paisaje, habitantes de un lugar denominado “existencia”, y cada uno, con su naturaleza, nos alimentamos los unos de los otros: las emociones, los sentimientos, las experiencias, los seres. Entre todos tejemos un entramado que identificamos como realidad. El mundo, el entramado, la existencia han sido, son y seguirán siendo. Nos necesitan durante un tiempo; sus motivos los desconoceremos siempre pero no somos más importantes ni más necesarios por el hecho de que nuestra mente, aterrorizada ante la certeza de que un día dejará de existir, nos engañe haciéndonos creer que lo somos.
 
Pasar el túnel, morir por dentro, es entender que nada es realmente importante. Cesamos, entonces, de alimentar al dragón que nos abrasaba las entrañas y lo dejamos morir de inanición. Y comenzamos a vivir. Vivir. Pero esta vez de verdad.
 
Motas de polvo. Gotas de agua. Tan sólo eso. Y durante un tiempo. Un instante en la infinita masa del tiempo. Nada más. Nada importa. Tan sólo estamos aquí y ahora. Vivámoslo del mejor modo posible. Respetar nuestro cuerpo, cuidar nuestra mente; ser amables, dar cariño; compartir el dolor para amortiguar la pena, compartir la felicidad para que ésta se multiplique. Mientras caminamos, mientras pasamos junto a los demás, a través de ellos, siendo atravesados por ellos. Pues, de verdad, amor, tan sólo es eso: pasar.
 
©MaríaJoséHernándezHernández
 
 

9 Comentarios

  1. Me encantó MJ…..!!!

  2. Me encantó MJ!!!

  3. Qué bonito…!

  4. Carlos Asorey Brey

    12 marzo, 2017 at 8:41 pm

    Es precioso, María José.
    ¿De dónde sacas tantas ideas, historias y pensamientos, en tan poco tiempo y tan a menudo?
    Tendrías que haber sido filósofa. Ah, si lo eres.
    Y poeta
    Y artista
    Y…
    Y gracias
    Por ser y estar.

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