El quedó allí, de pie, en medio del aparcamiento del aeropuerto, diciendo adiós con la mano. Ella, mirándolo por el retrovisor mientras se alejaba en su coche, despacio, lentamente, reteniendo en su pupila aquella imagen que tan rápidamente iba disminuyendo en el encuadre del espejo; secuestrando en su cerebro los acontecimientos de aquella tarde, de aquel encuentro tantos meses esperado, tantas noches imaginado y que ahora, en un único instante, desaparecían tras una curva junto con su amada figura.

 

Aquella noche no cenó. No tenía apetito. Le bastaba con recrearse en los cientos de segundos que aquella tarde había conseguido robarle al tiempo. Y en la oscuridad de su dormitorio se entregó al dulce amargor de desgranar, uno a uno, los recuerdos aún recientes; de fijarlos en su memoria; de convertirlos en parte de ella misma. Instantes antes de caer en el sueño, todavía tuvo tiempo de volar aún más lejos, hasta los ya lejanos días de su juventud, cuando los dos paseaban abrazados por la ciudad convencidos de que su amor sería eterno. Cuando él la llamaba su mujer y construía paisajes sólo para ella en un futuro que ambos creían que habrían de compartir.

 

Ahora ¿por qué no conseguía recordar los aspectos negativos de aquella relación? ¿Qué era aquello que detestaba de su persona? Se vio a sí misma, diecisiete años atrás, cerrando con rabia el portal de la casa de sus padres, dejando tras de sí –entonces creyó que para siempre– la figura de un joven con el que fabricó puentes de cristal y un futuro en común durante casi tres años de noviazgo. Sí, sin duda hubo también mucho dolor entreverado en aquellas esperanzas incumplidas. Recordó discusiones, muchas discusiones, que fueron motivo de varias rupturas; sin embargo, algo debía de unirlos con fuerza porque aquellos tres años estuvieron llenos de encuentros y desencuentros, hasta que ella misma decidió dar por zanjado aquel noviazgo.

 

Diecisiete años más, dos hijos, un matrimonio que hacía aguas por todas partes y un cúmulo de insatisfacciones más tarde, allí se encontraba ella de nuevo, soñando como una adolescente con aquel joven hecho hombre, y que en esos mismos momentos se encontraría acostado en un lecho que no era el de ella, junto a un cuerpo que no era el suyo. Y allí estaba, dentro de su pecho –  doliéndose de un presente que tan distinto era de aquel pasado–, su pobre corazón herido por la evidencia. Zarandeado por una esperanza que alimentó ella sola aunque, eso sí, con la ayuda de unas pocas cartas y llamadas telefónicas en las que, los antiguos amantes, planearon un reencuentro de unas pocas horas robadas a la sinceridad que sus respectivas parejas depositaban en ellos.

 

Los día siguientes convirtieron su vida en un infierno. Cada día que pasaba era una llaga que se abría en su corazón. Cada día transcurrido, una brecha en el tiempo que la iba alejando, lenta e inexorablemente, de aquel sueño, de aquella ilusión que durante unas horas fue realidad y que ahora, aunque fuertemente asida a su memoria, no pasaría de ser más que eso: un recuerdo.

 

Significaba tanto para ella…

 

Y sin embargo, no podía decírselo. Sentía que si lo hacía lo perdería para siempre. Así que aceptó su proposición de continuar siendo amigos. –Amigos, sólo amigos –le dijo en aquella ocasión–. Así nos tendremos siempre. Sin necesidad de destruir nada.

 

Ahora, sentada en un banco del parque, mirando una familia de patos nadar en el estanque, recordaba aquella mágica tarde en la que, ocultos a las murmuraciones, fueron a pasear por los jardines de las afueras de la ciudad. No podía olvidar el embrujo de aquel día. Entonces creyó que acabaría por diluirse en aquella especie de vapor que todo lo envolvía. Un vapor de irrealidad que ofuscaba su mente y congelaba su corazón. Sentía que estaban hechos el uno para el otro. Que sus destinos acabarían por unirse. Que siempre había sido así aunque él no se diese cuenta. Sólo ella lo sabía pero, por algún motivo que no alcanzaba a comprender, él se había negado a alimentar nuevamente aquella renacida ilusión, a llevar hacia adelante su relación. ¿Acaso su matrimonio actual era más feliz de lo que él le hizo creer en aquellas cartas previas a la cita del desencanto?

 

Lentamente sacó una carta del interior del bolso. Su última carta, recibida ya hacía algunas semanas. Conocía cada palabra escrita con mano firme sobre el papel; aún así no pudo evitar pasear sus ojos por última vez a través de las líneas, acariciar con la vista aquellos trazos, detenerse en ciertas palabras y, mientras leía, su mente iba diciendo adiós a cada sueño, a cada recuerdo, a cada imagen grabada a fuego en su memoria enamorada.

 

Dudó unos instantes antes de romperla. Sabía que aquello representaba el final del último acto y quiso aún teñir el momento con un tinte melodramático. Al fin y al cabo aquello no había sido nada más que una fantasía construida por su corazón. “Un encuentro agradable. Algo para recordar”, le escribió él una vez. Una oleada de despecho estremeció su cuerpo y las palabras escritas cayeron en desordenados pedazos en el interior de una papelera del parque.

 

Echó a andar. Todo le recordaba a él: cada calle, cada edificio, cada puente… Fueron tantos los paseos a su lado que, a pesar de ser lejanos, la ciudad se había transformado en un inagotable manantial de recuerdos. Recuerdos que fluían entre su memoria y su corazón. Intensos, llenos de color… Y, sin embargo…, qué lejos habían quedado ya aquellos días, aquella ilusión de juventud. No eran más que imágenes congeladas en el tiempo. Poco a poco estas imágenes fueron confundiéndose con los sonidos de la ciudad, el ronroneo de los motores, el deslizamiento de los neumáticos sobre el asfalto, algún claxon, el chirriar de un vehículo frenando bruscamente intentando evitar, sin lograrlo, el impacto contra el cuerpo de una mujer que cruza sin percibir que el semáforo ha cambiado a rojo unos segundos antes. Sobre el estupor y los gritos de socorro de los demás peatones sobrevuela, invisible, un último pensamiento, un último sueño que se eleva sobre los tejados y las azoteas de la ciudad, buscando el cielo, confundiéndose con él: “¿Pensará en mí alguna vez?”.