María Jota Hernández

No soy la cantante

El fotógrafo

Llevo en la profesión veinticinco años. Veinticinco años es mucho tiempo y, a lo largo del camino, he tenido ocasión de presenciar, a través de mi cámara, multitud de situaciones, de acontecimientos que han provocado una y otra vez el giro de la historia de la humanidad en una u otra dirección. He vivido situaciones de auténtico peligro, pero jamás el miedo ha impedido que llevase a cabo mi trabajo con profesionalidad y rigor. Para mí es fácil no implicarme en lo que alrededor acontece cuando mi cámara se interpone entre el mundo exterior y yo. Sin embargo, algo ha transformado el modo en que siempre he observado la realidad. De mero testigo, de ser tan sólo un informador, he pasado a convertirme en un protagonista más dentro de esta inmensa hoguera de vanidades, de sinsentidos que es el mundo de los hombres.

 

Escuché una ráfaga. Alguien disparaba desde el otro lado de la calle. Sentí que algo me golpeaba en la pierna, aunque, al principio, no le di demasiada importancia absorto como estaba disparando febrilmente mi cámara, intentando atrapar en mi objetivo la enorme tristeza en los ojos de aquel niño desnudo, rodeado de nada, inmerso en el desconsuelo de un mundo indiferente y cruel. Necesité unos instantes más para darme cuenta de que una bala había atravesado mi pierna. El dolor comenzó a hacerse insoportable y la herida sangraba abundantemente. Dejé caer la cámara al suelo y ante mis ojos, ya desnudos, volvió a surgir la imagen de aquel pequeño ser, ahora tendido en el sucio asfalto, sin vida, junto a un reguero de sangre inútil. Por primera vez después de tantos años ejerciendo la profesión de fotógrafo para un periódico de mi país, sentí gritar mi corazón. Sentimientos de impotencia y angustia se agolparon en mi pecho. Tan sólo unos minutos antes aquel niño aún estaba vivo. Sus grandes ojos negros me habían observado suplicantes, mientras yo, únicamente, pensaba en él como en una impactante fotografía de portada. Podría haber corrido hacia él. Podría haberlo cogido en brazos y haberlo llevado lejos de aquel horror. Podría haber cambiado su destino, haberle ofrecido un futuro mejor. Podría…

 

Varias ráfagas de metralleta se intercambiaron en el aire cargado de olor a sangre. Esta vez sentí los impactos en el costado. Un fuego abrasador me quemaba por dentro y el dolor se extendió rápidamente a través de mi sistema nervioso. Quedé tendido en el suelo.

 

He perdido la noción del tiempo e ignoro cuánto llevo aquí, desangrándome en medio de una calle sin nombre, de una ciudad en ruinas, de un país extranjero. Puedo ver mi cámara de fotos a pocos centímetros de mis ojos, y un poco más allá, el cuerpo encogido, inerte, de la pequeña criatura, y varios ríos de sangre que, dibujando caprichosas formas en el pavimento irregular, han venido a mezclarse –como si de afluentes se tratase–, con mi propia sangre, la cual continúa brotando incesantemente.

 

Todo dolor ha desaparecido; a pesar de ello, el corazón se me encoge. Mi muerte está próxima y siento que no se me ha concedido el tiempo suficiente para corregir mis muchos errores cometidos. La luz escapa a mis ojos. Los sonidos son más y más distantes. No alcanzo ya a distinguir la silueta del pequeño cuerpo. Todo es silencio y oscuridad a mi alrededor. Mis pensamientos se diluyen en la nada. Sin embargo, siento que no estoy solo. Una presencia cada vez más nítida permanece a mi lado. ¿Me está sonriendo? Sí. E intenta decirme algo… Cada vez escucho con más claridad su voz infantil, su risa de cascabel… Su cuerpecito desnudo se inclina sobre mí. Sorprendido, compruebo que todas sus heridas han cerrado sin dejar cicatriz alguna.

 

Toma mi mano entre sus pequeños dedos y me incorporo. También mi cuerpo está limpio y ligero. Ya no hay dolor en mi corazón, ni angustia en mi mente. Todo ha terminado. Dejo mi cámara atrás. Allá donde voy ya no me hará falta nunca más.

 
 

10 Comentarios

  1. Que belleza de relato, cuantas emociones, cuantos momentos de sufrimiento, me ha emocionado.
    Verás, debido al trabajo de muchos años, he visto muchísimas fotos de guerra y la verdad es que estar detrás de una cámara en esos momentos, hay que tener mucho amor por la profesión. Una vez un compañero fotógrafo de guerras que había perdido un pie en una de ellas me decía “las heridas curan, la vida sigue y el amor por mi profesión me hará volver”.
    Gracias, gracias, gracias.

  2. Hola Mari Jota:
    ¡Qué bien escribes! Cuantos sentimientos en este relato, cuanta impotencia por la comprensión tardía, que claridad para diferenciar el ego del Ser Humano que camina con cada uno de nosotros. Que ser humano mas bello eres. Escribe, escribe.
    Esta conciencia y esta claridad son necesarias en un mundo donde el ego intenta tapar al Ser, como el que intenta tapar al sol con una mano. Labor imposible, energía perdida, pero cuanto tiempo y energía perdemos en esta baldía labor?
    Un abrazo con mucho cariño

    • Me alegro tanto de que disfrutes cada vez que entras a navegar por este blog… Mil gracias por tus comentarios, siempre tan cariñosos, siempre tan alentadores… Contigo sí que da gusto, amiga mía. Gracias por tu generosidad y por tu cariño, que es mutuo. Lo sabes. ¡Besos!

  3. Jesús Pérez Polo

    18 junio, 2017 at 6:24 pm

    Estremecedor, grandioso.
    Me ha puesto la carne de gallina.
    Que pocas palabras necesitas para transmitir sentimientos.
    ¡Bien!

    • Tus palabras siempre son un impulso para continuar con este proyecto. Gracias, siempre, amigo. Y sí, cuando quieras vemos cómo entregarte un ejemplar de mi libro. Por cierto, ya contacté con Lidia. Me falta escribirle unas palabras. Gracias, nuevamente, por tu interés. Lectores así sois un regalo para cualquier escritora o escritor.

  4. Carlos Asorey Brey

    17 junio, 2017 at 4:25 pm

    Casi lo “echan” por la radio. Adaptado.
    Está mejor así.
    Un gusto leerlo.

  5. Siento tristeza por los fotógrafos de guerras que hacen su trabajo para que nosotros podamos ver imágenes de estas en nuestros medios de comunicación pero cuya conciencia se debate entre hacer su trabajo – dar testimonio del horror – o poder intervenir para salvar vidas inocentes

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