María Jota Hernández

No soy la cantante

El maestro

Dedicado, con emocionado agradecimiento,
a las mujeres y hombres
que lucharon, sufrieron
y muchos de ellos incluso fueron ejecutados
por creer en el ser humano;
y no sólo soñaron sino que trabajaron
por el único mundo que puede ser habitable:
el igualitario, libre y fraternal.

 

El ronroneo del motor del camión de mudanzas se pierde rápidamente en la lejanía. Respiro aliviado: por fin solo. Observo el desorden de la habitación; ni siquiera la visión del caos que me rodea consigue alterar mi ánimo. Grupos de cajas amontonadas, muebles vacíos y una casa entera esperando a cobrar vida. Sin duda me aguarda un trabajo agotador en los próximos días, pero aun así respiro aliviado. Tras dos días dando órdenes a la cuadrilla de hombres que me envió la empresa de mudanzas, peleándome con ellos para conseguir que cada cosa fuese depositada en el lugar que yo había dispuesto, atento siempre para evitar cualquier accidente…, este silencio y esta soledad son cosas de agradecer.
 

Decido tomarme con calma la reconstrucción de mi nuevo hogar. No hay prisa. Abro la caja etiquetada con el número seis, mientras pienso en lo inútil que ha resultado numerar cada caja –idea de mi madre, por supuesto, pero de nada hubiera servido oponerme– y comienzo a extraer lo que guardaba su interior: libros y más libros, álbumes de fotos y una bolsa con fotografías sueltas que vuelco dejándolas caer. Su contenido queda esparcido ante mí, sobre el suelo de madera de la habitación, en un caos de imágenes, de paisajes, de rostros; olvidados unos, añorados otros, testigos todos de tantas y tantas vivencias. Enciendo un cigarrillo y nada más hacerlo caigo en la cuenta de que no tengo la menor idea de dónde pueden estar los ceniceros. Una vez más mi madre y sus excelentes ideas acerca del orden y la organización vuelven a mi mente. Miro a mi alrededor y, resignado, decido utilizar la palma de la mano para recoger la ceniza del cigarro. Prefiero no pensar en dónde lo apagaré.
 

Una a una, voy tomando las viejas fotografías y depositándolas dentro de un álbum. La mayoría son fotos de mi infancia: ante mí vuelven a surgir, en blanco y negro, familiares, amigos, antiguas novias, compañeros de colegio… Cada foto es una historia en sí misma, un paisaje de mi pasado que me empuja a recordar.
 

Una de ellas llama mi atención: un grupo de niños –todos vestidos con el mismo uniforme, pantalón corto, calcetines largos, chaqueta con el escudo del colegio grabado en el lado izquierdo, sobre el bolsillo–, mira con atención hacia la cámara. En el centro del grupo destaca la figura de un hombre alto y extremadamente delgado, don Demetrio, nuestro profesor. A pesar de los años transcurridos no he olvidado su nombre y eso, teniendo en cuenta lo desastre que soy para recordarlos, es un mérito que sin duda habré de otorgarle a él. Me detengo unos segundo ante el rostro de cada uno de los compañeros de escuela, esforzándome en memorizar sus nombres. Bueno, éste de aquí es fácil: el famoso Carmelo, el más bromista de todos. No puedo menos que sonreír recordando su habilidad imitando los ademanes y voces de cada uno de los maestros. Las fiestas de fin de curso tenían su momento álgido cuando Carmelo subía al escenario. Era un genio para conseguir arrancarnos a todos una carcajada. Y como estudiante también era listo el chaval… ¿Qué habrá sido de él? Seguro que habrá conseguido lo que se haya propuesto. ¡Vaya! Siempre lograba lo que quería… ¿Y éste otro? Ah, sí. El chico que está a su derecha es Felipe. Tan repeinado como siempre. Su madre debía gastarse todos lo ahorros en gomina para el pelo, intentando fijar esos cabellos que, a pesar de todos sus amorosos esfuerzo maternales, se resistían a mantenerse en su lugar por mucho tiempo. ¡Hombre! ¡Adolfo! Éste sí que era un golfo. Y eso que aquí engañaría al más pintado, con este aspecto tan serio y formal. Pero cualquiera disgustaba a don Demetrio… Tenía una regla que parecía un apéndice más de su cuerpo, siempre unida a él, siempre dispuesta a lanzarse sobre nuestras cabezas de alumnos despistados cualquier mañana de primavera, o a señalarnos de forma delatora tras haber realizado alguna trastada. Llegamos a estar convencidos de que aquella regla tenía el poder de la clarividencia, además de carecer en absoluto de cualquier sentimiento de culpabilidad, siempre dispuesta a poner en evidencia ante el maestro nuestras faltas y pecados. Pero si ella nunca demostró la menor compasión hacia nosotros, no sucedía lo mismo con su dueño. La autoridad de don Demetrio brotaba sin artificio de su persona, producto de su gran generosidad, del respeto hacia cada uno de sus alumnos, de su bondad y del ejemplo que para todos nosotros suponía. Él era consciente de ello y aquella responsabilidad la tuvo siempre presente. Sin embargo… ¡qué feo era, Dios! Pocas veces la naturaleza ha estado tan desacertada a la hora de reunir un cuerpo con un alma. A la memoria me viene en este momento una imagen que ha quedado grabada en mi mente desde aquellos días.
 

El maestro entraba en clase cada mañana con sus gruesas gafas oscuras que ocultaban un defecto en su ojo derecho, el cual parecía no llevarse demasiado bien con su hermano el izquierdo, ya que nunca estaban de acuerdo en la dirección que debían tomar, dirigiéndose uno a babor mientras el otro lo hacía a estribor.
 

Sus ropas oscuras y algo raídas no parecían las más adecuadas para imponer el respeto necesario a un total de treinta y seis alumnos de edades comprendidas entre los once y trece años que, sin embargo, nos levantábamos como movidos por un resorte cada vez que su triste y lóbrega estampa atravesaba el umbral de la puerta.
 

Al alboroto con el que iniciábamos cada día las clases seguía siempre un silencio sepulcral, desde el instante en que don Demetrio hacía acto de presencia. Este silencio sólo era interrumpido por los descansos, momentos en que, más parecidos a una manada de búfalos en estampida que a simples niños, saltábamos de nuestros pupitres y corríamos hacia el patio.
 

Aquel viejo maestro de escuela, con su figura desgarbada y su voz algo ronca –ahora lo recuerdo–, de un modo imperceptible nos llevaba a un estado parecido a la hipnosis, arrastrando nuestras voluntades de pequeños diablillos a los territorios conquistados por los agresivos reyes cristianos y a los sanguinarios ejércitos de los almorávides; con la misma aparente falta de resistencia nos conducía al extraño mundo de los cuerpos geométricos, de sus lados, áreas y volúmenes y de allí nos zambullía en una bañera con el mismísimo Arquímedes. Otras veces la aventura consistía en viajar en el Expreso desde Barcelona hasta Zaragoza a una velocidad de 120 kilómetros por hora y prever, al más puro estilo detectivesco, a qué hora nos cruzaríamos con el procedente de Zaragoza con destino a Barcelona y que, por tratarse de un Correo, viajaba a tan sólo 90 kilómetros por hora.
 

En mis sueños nocturnos, aquel don Demetrio se presentaba ante mí unas veces como brujo poderosísimo, poseedor de la gran llave maestra capaz de abrir todas y cada una de las puertas del Universo; otras, como sabio loco quijotesco luchando feroz contra las sombras de la ignorancia; y alguna vez más recuerdo haberlo soñado dirigiendo una atronadora orquesta de truenos y relámpagos centelleantes en la mismísima cima del Mulhacén, rodeado por la impresionante cordillera Penibética. Y junto a estas fantásticas apariciones, la famosa y temida regla de madera surgía del fondo de mi consciencia, inseparable de su dueño, como en la vida real, sufriendo también ella, eso sí, la correspondiente transformación onírica adecuada al rango y papel del héroe. Así, de varita mágica, de cuyo extremo y sin previo aviso podían desprenderse mortíferos rayos, pasaba a convertirse, bien en reluciente y pesada espada, bien en enérgica, sabia y armoniosa varita de director de orquesta.
 

Aquel Freud de la enseñanza primaria española, instruido en los métodos educativos republicanos –aunque después hubiera de maquillarlos y colorearlos de azul para no ser reconocido por la estrecha mirada del caimán metamorfoseado en funcionario franquista del Ministerio de Educación–; aquel ingenioso hidalgo de cuyo nombre no he podido olvidarme, admirador de personalidades de la talla de Antonio Machado, Rosalía de Castro, Francisco Giner de los Ríos, Emilia Pardo Bazán o Santiago Ramón y Cajal, logró él sólo, sí, aunque con la inestimable ayuda de su formación humanista, filtrar en nuestros cerebros y en nuestros corazones elixires como la curiosidad, la necesidad de saber y de conocer, la capacidad crítica; potenció nuestra imaginación, nuestra capacidad de crear; estimuló nuestros valores éticos, nuestras conciencias aún dormidas para la vida; nos ayudó a crecer y nos inculcó el valor de la reflexión anterior a cualquier acción. Nos mostró por qué el fin nunca puede justificar los medios, y el tesoro que se encierra en cualquier ser humano y en cualquier manifestación de la naturaleza.
 

Levanto mis ojos de la fotografía, de esta imagen de mí mismo, de nosotros mismos; de lo que fuimos; del porqué –inmovilizado en el tiempo–, de lo que hoy soy; y pienso, con amargura, que aquel elixir mágico de sabiduría quedó consumido en sí mismo, sin posibilidad de continuar vertiendo su preciado contenido en las mentes posteriores. Don Demetrio perteneció a una generación que, poco a poco, ha ido desapareciendo sin que otras hayan podido recoger su testigo; una generación que ha visto desmoronarse sobre sí mismos y sobre sus descendientes el edificio que, uniendo las manos y los esfuerzos de todos, prometía elevarse feliz sobre los sólidos cimientos de un mundo nuevo, amante de la razón, de la solidaridad y del respecto a la libertad, de los derechos sociales y humanos.
 

Hoy, en esta casa vacía, virgen aún de recuerdos e historias, aspiro a iniciar una nueva etapa de mi vida en la que continuar desarrollando la semilla iniciada por aquellas mujeres y hombres llenos de sueños entonces; llenos de confianza y fe absolutas en que nada ni nadie, a pesar de estar armado, sería capaz de destruir algo tan elemental, tan natural, tan básico y al mismo tiempo tan grande, como lo que ellos estaban logrando hacer germinar.
 

Con calma recojo las fotos…, cierro el álbum…, apago el cigarrillo… Una última voluta de humo blanco se aleja elevándose y desapareciendo entre las paredes de la habitación.
 

©María José Hernández Hernández
 

 

6 Comentarios

  1. ¡A mi también me ha encantado! Está tan bien escrito que he empezado a leerlo y no he podido parar. Muy bonita y emotiva.

  2. De una tierna y emotiva preciosidad

    • Me alegro de que te haya emocionado, Jesús. Para mí también resulta emocionante recordar a mi profesor de literatura, Don Demetrio, figura que inspiró la creación de este relato que pretende ser, a la vez, un homenaje tanto a él como al Gobierno Republicano y a todos los seres humanos, de este lado y del otro de nuestras fronteras, que defendieron las ideas de libertad, igualdad y fraternidad y que nos dejaron su conocimiento, su valor y su vida. No merecen ser olvidados y sí emulados.
      Mil gracias, Jesús, por entrar en estas aguas.

  3. ¡Me ha encantado!
    Tengo todo el vello del cuerpo, de punta. Qué bien escrito y que valores mas bellos se desgranan entre tus líneas.
    Ha sido todo un placer. Escribe. Es un placer leerte.
    Muchas gracias

    Mari Cruz Domínguez Rodríguez

    • ¡Qué bonita que eres, Maricruz! Son los valores que ellas y ellos nos dejaron. Sacrificaron sus vidas por defender la libertad y el fin de la ignorancia, del hambre, la esclavitud, las desigualdades y demás mentiras. Inmensos seres humanos abandonados como perros en cunetas y fosas comunes, en campos de concentración o en países lejanos que no merecen ser olvidados. En todo caso, imitados.
      Mil gracias, Maricruz, por tus palabras que son tan importantes para esta escritora.

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