Para Silván

y una niña. Se conocieron jugando en un paisaje virtual. No se habían visto nunca antes, pero un
día la niña vió al niño de lejos y le hizo señas. Él se acercó y ella le preguntó: “¿Quieres ser mi
amigo?” A lo que él respondió: “Puede…, pero ahora tengo que irme. Tengo mucha prisa, tengo
mucha prisa…” Y desapareció.

La niña, a la que cuando algo le interesaba mucho no se arredraba con facilidad, volvió a insistir
pasado un tiempo. “¿Quieres ser mi amigo? Me sé muchas canciones y podríamos cantarlas
juntos… ¿Te gusta cantar?” Le preguntó -llevándose las manos a la boca, formando una especie
de altavoz para que el niño la oyera- la siguiente vez que lo volvió a ver pasar corriendo a lo
lejos. Porque el niño siempre iba corriendo de un lado para otro…, siempre con prisa…, mirando
su reloj de arena. El niño se acercó de nuevo y la miró sorprendido. “¿Cantar? Sí, claro que me
gusta cantar. ¡Qué raro! Ninguna niña me ha propuesto antes nada parecido. Quieren pasear,
jugar con muñecas y hablar de cosas que al final me aburren. Pero la música me gusta. ¿Qué
canciones te sabes?” La niña le cantó las últimas que le habían enseñado esa misma semana en el
colegio y decidieron que ambos podrían enseñarse mutuamente canciones; y no sólo canciones,
sino todo cuanto sus profesores respectivos les fueran contando.

Jugando, jugando, fue pasando el tiempo. El sol subió a lo alto del cielo y volvió a bajar,
dibujando un arco que los envolvió en su luz dorada. Dio varias vueltas alrededor de los niños
sin que éstos, entretenidos en sus juegos, se apercibieran de ello. Finalmente la luz comenzó a declinar. Se
acercaba el otoño. Entonces el niño miró su reloj de arena.

–”¡Qué tarde se me ha hecho!¡Tengo que marcharme! Me lo he pasado muy bien contigo. Si estás por aquí otro día lo mismo nos vemos. ¡Adiós!”

La niña se quedó un poco triste. El verano se había acabado y el calor se
marchaba junto a su nuevo amigo. Hacía tiempo que no se lo pasaba tan bien, jugando con la
arena, construyendo castillos, jugando al veo-veo, al corre-que-te-pillo, a cantar canciones, a
imaginar historias… Ella no tenía ningún sitio al que marcharse. Estaba ahí. Siempre estaba ahí.
Su casa era aquel lugar, sin paredes, sin puertas, sin muebles. Así que se sentó a esperarlo.
Imaginó que su nuevo amigo volvía y que traía nuevas cosas que contarle. Sabía que venía de un
mundo algo distinto del suyo y ella tenía ganas de aprender cosas nuevas. Él era, también,
diferente de los otros niños. Aunque ella lo pasaba bien con sus compañeros del cole, los
consideraba un poco brutos y era difícil jugar con ellos sin que terminaran por empujarse y
hacerse daño.

Pasaron los días y un día volvió a ver al niño que venía hacia ella. Traía el reloj de arena en una
mano y una cartera de colegio en la otra. “¡¡Hola!!” le gritó desde lejos. La niña se levantó de un
brinco. ¡Qué bien! -se dijo para sí misma- ¡Por fin ha vuelto!. “Pensaba que te habías olvidado
del camino que trae hasta este lugar”, le dijo mientras le daba un abrazo y un beso en la mejilla.
El niño se sonrojó mientras dejaba la cartera en el suelo, junto al reloj. “La verdad es que sí que
me había olvidado un poco -se disculpó mientras sus mejillas volvían a ruborizarse-. Me lo pasé
tan bien la otra vez que pensé que no podía tratarse más que de imaginaciones mías. Y preferí
olvidarme, no fuera a ser que volviera por aquí y no te encontrara ya.” Qué raros son los niños –
pensó ella-. ¡A veces me resulta tan complicado entenderlos….! El niño sacó entonces, de su
cartera, un montón de juegos y de cajas de colores. La niña aplaudía entusiasmada, dando saltitos
alrededor. “¡Qué bonitas! ¿Qué tienen dentro?” le preguntó. “No lo sé. Tenía estos juegos
guardados en el desván y subí a buscarlos por si te apetecía que jugásemos, y encontré las
cajas, pero pensé que sería más divertido que intentásemos adivinar juntos qué contienen y luego
abrirlas poco a poco.” “¡Óle, óle! ¡Qué divertido eres! Podríamos abrirlas de una en una y sólo
cada vez que el sol haya vuelto al mismo lugar donde estaba cuando nos vimos la primera vez.
Así nos dará tiempo a imaginar lo que guardan en su interior y tendremos tiempo, también, para
corregir si creemos que estamos equivocados.” “Claro, imaginar es divertido, ¡pero acertar es
más divertido aún!”

Y así volvieron a enfrascarse en nuevos juegos, casi olvidados para él y sorprendentemente
nuevos para ella. El sol se entretenía algo más de lo habitual en el horizonte, observándolos
risueño, embebido en sus risas y en la contemplación del castillo de arena, cada vez más grande,
que iba creciendo día tras día y que las manos infantiles iban creando de la nada. Un torreón
aquí, que al día siguiente daba paso a otro nuevo y ya eran dos; y al otro día uno nuevo en el otro
extremo y ya eran tres; y así, sin darse cuenta, entre carreras, chistes, canciones, juegos y
complicidades incipientes, la figura del castillo de arena iba cobrando protagonismo en medio de
aquel lugar que comenzaba a transfigurarse por la acción de los niños.

Mientras aprendían el uno del otro, mientras los juegos los hacían más perspicaces y más sabios,
las cajas de colores descansaban a su alrededor, sabedoras de secretos que sólo aquellas mentes
infantiles terminarían por descubrir.

El sol, un día, casi desapareció del todo. Los niños se dieron cuenta porque comenzaron a
estornudar. “¡Qué frío hace!” Se decían el uno al otro. “Creo que ha llegado el invierno” dijo el
niño. Miraron a su alrededor y comprobaron que el paisaje había cambiado. La nieve cubría casi
por completo el castillo de arena que continuaban construyendo y llenando de almenas,
torreones, corredores y patios. El reloj de arena sobresalía tímidamente entre la nieve. La arena,
ahora, se deslizaba mucho más despacio en su interior. El niño lo desenterró y lo observó
curioso. “¡Qué gracia! -dijo riéndose-, se ha encogido!” La niña se acercó corriendo. “¡Es
verdad! ¡Antes era más grande! ¡Ahora te cabe en un bolsillo!” Daba palmas y se reía mientras el
niño lanzaba al aire el reloj que, una y otra vez, volvía dando vueltas hasta caer en sus manos.

Estaban cansados y decidieron que ese era un buen momento para irse a dormir. Al día siguiente,
como ya era costumbre, volverían a encontrarse en el mismo lugar y continuarían trayendo
historias nuevas que contarse, aquellas que aprendían en el colegio o las que inventaban juntos
mientras montaban puzzles o corrían a esconderse imaginando que eran piratas que debían
ocultar tesoros para luego encontrarlos. La niña quedó allí, un día más, guardando el castillo, los
juegos y las cajas de colores, para que cada día el niño los encontrase allí, de nuevo. “¡Hasta
mañana!” “¡Hasta mañana” Y, como cada noche, el niño se alejó unos metros silbando y
llevándose la cartera en una mano y, por primera vez, el reloj de arena metido en un bolsillo.

Hacía tiempo que ya no se alejaba demasiado y los dos niños podían verse desde lejos siempre
que se pusieran de puntillas y entrecerraran un poco los ojos. Se saludaban con la mano a veces y
en ocasiones se enviaban mensajes escritos en canutillos de papel que una pequeña ardilla, de
brillante y suave pelo color caoba, de la que se habían hecho amigos, se encargaba de transportar
y de alcanzarles velozmente.

El sol, por fin, se fue también a dormir, no sin antes asegurarse de que su compañera de bóveda
celestial lo remplazaba en su labor de vigilancia del planeta Tierra. La luna se elevó bostezando
por el cielo y fue dibujando con su estela, blanca y fría, un arco que envolvió a los niños. Un
rayo lunar rozó suavemente la frente de ambos y, en sueños, una sonrisa se dibujó en sus rostros
infantiles. Ambos compartían, en ese instante, el mismo sueño. Cada uno deambulaba por el
paisaje onírico del otro.

Al día siguiente los dos niños, asombrados, compartirían el descubrimiento.

Pero eso…, sería al día siguiente. Ahora…, dormían.