María Jota Hernández

No soy la cantante

Hoy escribo


 
Hoy escribo aunque los cielos se abran y dejen ver sus fauces tormentosas y viertan sobre mi cabeza diluvios de antiguos rencores y duelos. Hoy escribo porque mis oídos se llenan de músicas y bailes y mi corazón estalla de ritmos y dulzainas.
 
Hoy, en fin, escribo porque el sol entra tímidamente a través de los visillos de una primavera urbana. Y aunque me faltan los campos, los verdes y los aromas, tengo que seguir viviendo a pesar, incluso, de las ratas, cloacas y zumbidos sin dueño.
 
Marzo terminó y las lluvias asoman en el horizonte de una nueva etapa de simientes que son promesas y de soles que calentarán el alma.
 
Mi corazón, mientras todo en la naturaleza se revela contra el invierno, se autocontempla y tiende sus brazos maternales, cálidos y fuertes, abrazando lo que queda de antiguas luchas, lamiendo viejas cicatrices y enorgulleciéndose de los sólidos cimientos que van surgiendo de entre las humeantes cenizas con olor a tomillos, lavandas y brezos.
 
Miro hacia fuera y la luz estalla sobre los objetos y rostros. Mis ojos ya no se deslumbran ante lo ya por viejo, conocido. Nada me sorprende, nada me hace soñar con castillos de cristal y amaneceres gloriosos. Y no echo en falta esta ausencia de asombro porque mirando hacia dentro encuentro los colores que restan para convertir en infinita la gama cromática. Ya no me doblo sobre mi vientre porque perdí el concepto de sufrimiento entre los múltiples dolores que se fueron y los que, sin duda, habrán de venir. Ocasos y amaneceres se funden en un sol que siempre es el mismo. Ni siquiera los horizontes multiplicados por meses y milenios son ajenos a su única dimensión y a su naturaleza engañosa a los ojos de quien los observa.
 
Todo es uno en mí y yo soy una en todo. Las barreras cayeron hace tiempo y mi vista abarca los adentros y los afueras. A uno y a otro lado del muro vencido los humanos se odian y se abrazan; procrean y se matan; se besan y se delatan; y todo obedece a una naturaleza que nos sostiene y nos destruye, nos crea y nos abandona. Nada carece de importancia y nada es imprescindible.
 
En mi interior danzan las luces de unas brasas candentes y el calor que desprenden es suficiente para mantener el hogar de ésta mi vida presente. Lentamente o en cuestión de una fracción de segundo, el tiempo que avanza hacia su único destino, las irá apagando y convirtiendo en cenizas o lanzará sobre ellas un jarro de agua fría, transformando las ascuas en carbón helado y del color de la nada en el interior de una chimenea ya inútil. Mis zapatos permanecerán inmóviles en la última posición que quedaron tras desprenderse de mis pies en esa vez que nunca imaginamos que sería la última.
 
La relatividad señala, marca, dicta los verdaderos límites de las cosas: ni muy grandes ni muy pequeñas; todo lo es respecto a algo que, a su vez, lo es respecto a otra cosa. Salvo cuando se encuentra frente a una mente que ha olvidado los conceptos grande o pequeño; de dolor o de gozo; de minúsculo o infinito. Es entonces cuando sólo queda la existencia desnuda, sin razones ni objetos, sin motivos ni objetivos, sin aspavientos ni lágrimas silenciosas. Caen entonces las caretas y los disfraces con los que, inútilmente, quisimos proteger nuestros temores y miedos. En la desnudez de las cosas radica su auténtica fuerza. Somos lo que somos, sin ningún más y sin ningún menos. Ésto es lo que hay, hermano. De nada sirven las lamentaciones y menos aún los espejismos.
 
Cuando mi corazón se autocontempla no siente alegrías ni duelos. La existencia no adolece de sentimentalismos inútiles. Es simplemente eficaz y su eficacia radica en unificar el principio y el fin de cada cosa que existe dentro de su propia naturaleza y en el interior de todas las demás naturalezas, en un juego eterno de matrioshkas rusas, donde la última es idéntica a la primera. Simientes eternas en el interior de su propias simientes.
 
¿Por qué sufrir por un cuerpo que un día no fue y al otro dejará por fin de serlo? ¿Por qué dolerse de una mente que no es más que una parte más de este cuerpo diminuto y caduco? ¿Con qué fin habríamos de lamentarnos por una vida que únicamente es mientras es, y sabiendo, además, que en la eternidad de un Tiempo que nos sobrepasa, tan sólo es durante un breve instante, para luego desaparecer dejando un leve rastro que, a lo sumo, dará lugar a otras formas de vida que nunca reconoceríamos como nuestras?
 
Si tan sólo estamos aquí para vivir un instante fugaz como el estallido de un relámpago, ¿no será más inteligente abrazarnos unos a otros y darnos calor? ¿No sería más hermoso acariciar los colores, las armonías y aromas que la vida nos regala? ¿No será más útil, me pregunto, brindarnos sonrisas y convertirnos en el apoyo de quienes tropiezan al pasar a nuestro lado?
 
©María José Hernández Hernández
 
 

5 Comentarios

  1. Hola! Nos encanta como escribe!! Nos gustaria Contactar, creo que puede interesarte. Te mando la info por mail?

  2. ¡Me ha encantado! ¡Está muy bien escrito!

  3. Carlos Asorey Brey

    17 abril, 2017 at 6:25 am

    Sí, en efecto; sería más inteligente, hermoso y útil.
    Tienes razón: voy a escribir yo, también, por todo eso. No sé si lo haré tan bien… pero lo haré.

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