María Jota Hernández

No soy la cantante

Jara cumple diecisiete

Jara

 

Para decirte lo que quiero decirte, no hacen falta palabras. Para abrazarte como debe abrazarse, no son necesarios los brazos. No son necesarios los brazos ni lo son las palabras porque durante tus primeros nueve meses de vida, tú y yo no fuimos dos, sino una, y aprendimos juntas el lenguaje del agua y de los latidos del viento.

 

No podía asegurar entonces –y aún hoy no estoy segura–, si era yo quien te envolvía o si fuiste tú quien envolvió mis días. Lo cierto es que la Vida nos fundió a ambas en su telar del Tiempo y, desde entonces, nos continúa tejiendo, un punto del derecho tú, otro punto del revés yo.

 

No hacen falta palabras para expresar lo que sentimos –¡por fin!– al reconocernos una mañana de febrero (28 era; nunca se olvida la fecha de la primera cita cuando de un gran amor se trata). Tus inmensos ojos clavados en quien obró el milagro. Mis ojos maravillados ante tu presencia: el milagro. No se olvidan, no, los grandes amores, ni tampoco el calor ni la suavidad de tu pequeño cuerpo. Y ya no pude dejar de mirarte ni quiero dejar de hacerlo, porque cada día que pasa mayor es mi convencimiento de que alguien que me quiso mucho me concedió este regalo. Este regalo que oscila entre la realidad y la fantasía, entre el sueño y la vigilia, entre lo divino y lo humano.

 

Trajiste contigo la sabiduría antigua y la paciencia de los sabios. Aprendes cada día las lecciones que te trae la vida, con la humildad que el conocimiento imprime en el corazón de los Profetas. Pasado y futuro son las vestiduras que te cubren y tú misma el presente que me fue concedido.

 

Diecisiete febreros, con sus consiguientes estaciones del año, llenan de luminosidad mi camino y de sosiego mis dudas. Dulzura es tu nombre, tranquilos tus pasos. Tu mirada es limpia y tu capacidad de amar, grande. No se me ocurre mejor regalo para el don que para mí supones, que devolverte con creces cada una de las caricias que son tus sonrisas, y las sonrisas que son tus caricias.

 

Y así, balanceándote en mi corazón, te vas poco a poco durmiendo mientras yo te observo. Después, cuando ya estás dormida, y con mucho cuidado para que no despiertes, coloco de nuevo las plumas que durante el día han ido cayendo, Jara, de tus alas blancas.

 

4 Comentarios

  1. Sin duda la mejor felicitación que nadie podría recibir. Es precioso!

  2. Carlos Asorey Brey

    25 febrero, 2017 at 8:38 am

    Realmente bonito, encantador y emotivo.
    Teniendo hijas, se siente el doble; la memoria trabaja… y recuerdo que yo también las tuve dentro. Del corazón. Y las sigo teniendo.
    Felicidades, Jara. Merece la pena llegar a cumplir diecisiete para que te escriban algo así.

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