Me miré en el espejo. La luz entraba leve y brumosa bajo las lamas de la persiana a medio bajar del dormitorio. No encendí la luz. A esas horas de la mañana me gustaba moverme por el piso como en un sueño, dejando que la casa despertara poco a poco –al mismo tiempo que yo–, antes de subir las persianas y dejar que el exterior inundara con su luz el interior de la vivienda y el interior de mi conciencia, borrando de forma suave e imperceptible las últimas nebulosas del sueño. Volví a mirarme al espejo. Sorprendentemente no encontré nada en la superficie pulida del cristal. Ningún reflejo. Nada. No hallé nada. Un mundo negro. Un abismo. Una ceguera circunscrita al ovalado marco de madera. Lo primero que pensé fue en la posibilidad de que la capa de aluminio, bajo el cristal, se hubiera deteriorado, caído, deshecho. De algún modo, desaparecido. Sentí un leve disgusto. La incomodidad provocada por la necesidad de tener que comprar otro espejo. Necesidad es un concepto excesivo –me reconocí a mí misma–. Me gustan los espejos. Eso es todo. Me gustan quizás de un modo un tanto obsesivo. Así que –pensé– también podría dejar este marco vacío, retirar el cristal y la parte posterior y que sea la propia desnudez de la pared la que resalte la belleza de la madera tallada. Un nuevo concepto de obra de arte. Lo había visto en algunos locales de la ciudad. El meticuloso trabajo del artesano, marcos torneados, esculpidos, ideados en un principio para abrazar la tela de algún pintor, convertidos en la propia obra de arte. ¿Por qué no?

Salí al pasillo y me dirigí hacia la cocina. El aroma del primer café del día, subiendo silbante por el orificio de la cafetera, empezaba a inundar la cocina y mis sentidos. Esa mañana me había levantado de buen humor. Me esperaba una jornada tranquila. Era sábado y no tenía pensado salir de casa en todo el día. Hacía poco que me había mudado a este piso en un barrio tranquilo y arbolado de la ciudad y casi no había tenido tiempo de disfrutarlo. Primavera, las nueve de la mañana, los primeros sonidos de la vida que se despereza entrando por la ventana del patio comunitario. La algarabía del agua chocando contra el suelo de baldosas del patio mientras el portero del edificio lo limpiaba con la manguera.

Fue en el instante en que, apoyada en el mostrador de la cocina, sosteniendo la taza de desayuno –mientras mis sentidos volaban tras aquellos sonidos y saboreaba los segundos que, suaves y acompasados (lo recuerdo ahora muy bien) se deslizaban desde el reloj de pared hasta mis oídos–, fue en ese instante cuando, de repente, sentí la urgencia de ir al lavabo. No imaginé entonces cuánto, cómo y de qué manera puede cambiarle a una persona la vida en cuestión de segundos. Cómo, cuánto y de qué forma un despreocupado plan de fin de semana puede transformarse en una  enorme e interminable pesadilla. Los extraños acontecimientos estaban a punto de comenzar y mi vida sería otra a partir de ese momento. La primera sorpresa llegó unos minutos después, cuando, tras abrir el grifo del agua fría y enjabonarme las manos, de forma mecánica levanté la vista hacia el espejo colgado sobre el lavabo. ¡No puede ser! ¿Otra vez? ¡Tampoco aquí se refleja nada! ¿Qué es lo que pasa? Negándome a pensar, como intuyendo que si me paraba a hacerlo la explicación me atenazaría, me paralizaría, descolgué el espejo. Lo llevé a la cocina. Busqué en un armario la caja de herramientas. Saqué un par de destornilladores, levanté a palanca los clavitos que sujetaban la parte posterior de la lámina y… simplemente no encontré nada. Entre la lámina posterior y el cristal únicamente hallé eso: la nada absoluta. Ni un sólo resto de polvo de aluminio. Nada de nada. Como si nunca ese espejo hubiera guardado en su interior la capacidad de serlo.

Entonces dejé el espejo –o lo que quedaba de él– en el suelo y, lentamente, mis pies descalzos comenzaron a recorrer la casa. Caminé por el piso abrumada por lo que veía. Todos y cada uno de los espejos que adornaban las paredes y que, en porciones de diferentes tamaños, agrandaban y  perpetuaban ilimitadamente las diferentes estancias, formando un rompecabezas desordenado de imágenes repetidas y que, gracias a sus pulidas superficies, debían multiplicar la luz que entraba por las ventanas, ahora enmudecían cegados como cíclopes por la mano de un Ulises vengativo y loco. La historia invertida. Ulises el salvaje. Ulises el cruel asesino de pacíficos gigantes de un sólo ojo que hasta ese día habían iluminado mi casa creando ilusiones ópticas, confundiendo la ubicación de las paredes, simulando que los árboles de la calle vivían, crecían y respiraban dentro de las habitaciones por efecto de la geometría óptica refractaria. La locura de las imágenes de forma múltiple reflejada había sido sustituida por otro tipo de locura. Y de repente fui consciente de la soledad y de la penumbra que invadían mi casa. Un hálito de pesadumbre recorrió, como una exhalación, todas las habitaciones desde el fondo de la casa hasta el lugar que yo ocupaba en el centro de la estancia. Me encontró ahí, en medio del salón, de pie. Y, sin poder evitarlo, una inspiración involuntaria sacudió mi cuerpo. El soplo entró por mi nariz. Avanzó y descendió por mi sistema respiratorio. Invadió mis pulmones. Se enroscó en mi estómago. Se adueñó de mí.

A partir de ese momento todo se precipitó hacia un torbellino. Escuché un sonido. Luego otro. Después más. Las persianas se dejaban caer entre los raíles. Las habitaciones iban, una tras otra,  quedando en penumbra. Las tinieblas engullían los objetos. La negrura avanzaba. No daba crédito a lo que estaba sucediendo. Mi estómago pasó de ser un órgano, una entraña, a convertirse en un nudo compacto, que aumentaba al tiempo que la casa era invadida por la oscuridad y el silencio. Los sonidos de la calle iban siendo aislados por efecto de las pantallas impenetrables en las que las ventanas se estaban transformando.

Sentí un mareo. Mi corazón bombeaba con desesperación en el interior del pecho. Podía escucharlo con claridad detrás de mis tímpanos. Sentirlo como diminutos puños golpeando las paredes internas de mi caja torácica. ¡Déjame salir! ¡Déjame ver la luz! Me ahogo… Me falta el aire… ¡No me obligues a este encierro! Parecía gritarme como si fuera yo la responsable de su estado, como si fuera yo la causante del terrible e incierto destino al que parecía abocada mi casa, mi vida y mi persona.

Un último golpe. Silencio. La última persiana había tocado fondo. Acompañada de un palpitar insoportable dentro de mí, me acerqué a la ventana del salón donde me encontraba. Mis manos temblaban sin control y con dificultad rodeé la cinta de rayas blancas y azules. La persiana no respondía. La cinta se soltó, exangüe, deslizándose hacia el suelo hasta quedar derramada junto a mis pies, semejante al cuerpo muerto de una culebra. Recorrí la casa sintiéndome morir, faltándome el aire en cada inhalación, asistiendo al raro espectáculo que cada una de las cintas me ofrecía, cayendo con abandonada indiferencia, como si de una danza clásica se tratara, a medida que me acercaba a una ventana, a otra, a otra…

Un sudor frío comenzó a bajar por mi espalda. Entonces…

Sentí ese escalofrío. El escalofrío que acompaña al miedo en su estado más perfecto. El escalofrío que nos congela, que nos inmoviliza, que nos clava en el suelo para evitar que nos veamos arrastrados hacia el abismo. Pero el escalofrío no vino sólo. Junto a él, la indudable sensación física de unos dedos apoyándose en la parte posterior de mi hombro y, a la vez, un aliento frío, leve rozando mi oído (¿o fue un susurro casi inapreciable?) que erizó mi piel. ¿No estaba sola? Y sin embargo, lo que hubiera dado en ese instante por estarlo. Con la sangre helada, interrumpido el flujo sanguíneo en el interior de mi cuerpo golpeado por el terror, sentí en mi garganta un amargor subiendo desde el estómago. Mi cintura se dobló en un espasmo y, dando traspiés, llegué hasta el interruptor de la luz a la vez que, entre arcadas, vomitaba el café. La luz eléctrica funcionaba. Con  un ligero alivio volví a la realidad corpórea de los objetos y sus densidades. Encendí todas las luces del piso y fui hacia la puerta de entrada. Entonces, algo, aún más extraño, sucedió.

No entiendo… (nuevamente el sudor corriendo por mi espalda) No la encuentro… (el escalofrío sacudiendo cada molécula de mi ser) ¿Por qué está aquí esta pared? ¿Por qué no está la puerta? ¡¡¡Socorro!!! –grité– ¡¡¡Socorro!!! Golpeaba la pared con los puños. Sentía que la cabeza se me iba. Lejos. Muy lejos. Arrastrada, empujada, girando en ese torbellino en el que desaparecía toda cordura, cualquier capacidad de juicio. Grité y grité y cada grito me lanzaba más y más lejos de mí misma; sabía que la demencia acechaba tras cada grito; sabía que si no paraba, algo malo sucedería; hasta que, de repente, un sonido me hizo callar.

Acababa de escuchar algo, más allá de la pared, al otro lado. Un golpe. Callé. Un eco. Escuché. Escuché atentamente, intentando calmar mi respiración. Un arrastrar. Silencio. Un golpe suave, algo que se desliza sobre una superficie, otro golpe suave, el mismo sonido de nuevo, mecánico, se detiene, un leve golpe, arrastre, otro golpe, se desliza, silencio, otra vez, ris, ras, clap. Nada. Ris, ras, clap. Nada. No puede ser. ¿No te das cuenta de que es una locura? Vuelvo la cabeza. ¿Quién ha hablado? Es una locura. ¿De verdad crees que te están emparedando? ¿Quién me habla? Ris, ras, clap. ¿Te estás volviendo loca? Esas cosas no suceden. Ris, ras, clap. Nada. Ris, ras, clap. Me cubro los oídos con las dos manos. Da igual que hagas eso. ¿No ves que soy yo misma, pensando? Pero no, la voz está fuera de mí. No la reconozco. Trago saliva. Necesito respirar. Una bocanada de aire, por favor. El aire pasando con dificultad por mi laringe produce un sonido peculiar. Piensa. Piensa. Piensa. Mi teléfono móvil. Corro hacia la sala. Revuelvo el bolso. No lo encuentro. Derramo sobre la mesa el contenido. ¿Dónde está? ¿Dónde lo he metido? Lo encuentro en la mesilla de noche. Está encendido. ¿Ves, tonta, como no pasa nada? ¡QUE DEJES DE HABLARME! –chillo (no tengo ni idea de a quién)–. Está bien. No digo nada más –me responde burlona la voz–. Temblando mis dedos, tienen dificultad para buscar un número concreto entre los contactos guardados en el teléfono. Una lista de nombres se desliza veloz pantalla arriba. Noelia… Noelia… Noelia… ¡¡Aquí está!! ¡Noelia! Con el dedo impacto la pantalla con demasiada fuerza. Desaparece el nombre. Pantalla de inicio. ¡Mierda! Busco de nuevo. Llamo. El número que ha marcado está apagado o fuera de cobertura. Vuelva a intentarlo en unos minutos. Clic. Ahogué un sollozo. Raúl. Llamaré a Raúl. Me había sentado en el borde de la cama y el cuerpo, en tensión, me temblaba. Pero eso no impidió que, muy claramente, percibiera el modo en que, a mi espalda, la superficie del colchón comenzaba a curvarse, despacio, con suavidad, cediendo bajo el peso de un cuerpo que, tras de mí, se estaba sentando. Me quedo quieta. Inmóvil. El teléfono apretado entre los dedos de mi mano sudorosa. Trago saliva y cierro los ojos. Lentamente. Muy lentamente, me voy girando, mientras mis labios, sin apenas moverse, imploran la oración, bisbiseando: que no sea verdad, por favor, que no sea verdad, que no sea verdad, Dios mío, que no sea verdad.

La cama estaba vacía. Sólo mi cuerpo sentado sobre el colchón cubierto por las sábanas en desorden aún.

Me levanto de un salto. Recorro con la mirada cada rincón del dormitorio. Miro detrás de la puerta. Con cautela, toco las cortinas antes de atreverme a levantarlas y mirar detrás. Bajo la cama compruebo que sólo mis dos maletas de viaje ocupan ese espacio. Entro en el baño contiguo. Enciendo la luz… Un aullido ahogado queda atrapado en mi garganta y una punzada aguda detiene por un instante el latir de mi corazón. Hay un desconocido a mi espalda.

Vi su reflejo en el cristal de la ventana del baño. Accionada por un un resorte me dí la vuelta. Ahora sí. Ahí estaba. Quieto. Muy quieto. Ante mí. Su figura oscura. Lóbrega. Su traje negro. De difunto. Me observa  desde más atrás de su mirada. Mis rodillas se doblan, blandas, incapaces de soportar el peso de mi cuerpo. Me apoyo con ambas manos en el lavabo intentando hacer un esfuerzo por no caer, por mantenerme, al menos, a la misma altura de aquel hombre, de aquella aparición. Mis ojos clavados en los suyos. No hay expresión en ellos. Son sólo huecos negros. Secos. Y alrededor de las dos cavidades, manchas violáceas resaltando en la palidez sepulcral del espectro que continua ante mí (¿por cuánto tiempo?), clavado, perforándome desde un lugar lejano y terrible, más allá de sus cuencas vacías, como implorándome –o eso pensé en aquel momento ¿Por qué?–. No podía apartar la mirada de aquel rostro siniestro, tenebroso, desde el que, además, me llegaban una infinita tristeza y un dolor imposible de calmar. Mi ojos se clavaron en su boca negra. Muy despacio comenzó a abrirla. La mandíbula empezó a descender. La quijada se fue abriendo. El rostro  contorsionado se deformó hasta que sólo fue una concavidad negra y profunda, una boca abierta, enorme, la entrada a un mundo antiguo y sin límites, de dolor, terror y miedo. El silencioso océano en el que se hunde, para siempre, el cuerpo del ahogado. El nicho húmedo y sin aire en el que abandonamos a nuestros muertos tras una capa de ladrillo y cemento –para que no vuelvan desde ese otro mundo, para que no nos agarren y nos arrastren con ellos–. Su rostro, convertido en la negrura de una boca desencajada, en un grito de angustia que pedía compasión, perdón y ayuda. Y desde ese otro lado, completamente inaccesible para mí, llegó, a mi alma, el desgarro del suicida. El arrepentimiento inútil una vez cruzado el abismo a los infiernos. Hizo de su dolor el mío. Y, como si fuera eso lo que necesitaba, lo que estaba buscando, a lo que había venido… el espectro se dio la vuelta y, dándome la espalda, salió de la habitación. Observé como, en lugar de caminar, flotaba. Sus pies quietos. Su figura oscura deslizándose hacia la puerta. Y en el recodo del pasillo, desaparecer. Corrí tras él. Nadie. Busqué por la casa cualquier rastro de su presencia. Un olor. Algo fuera de su lugar habitual. Alguna señal. Nada. Entonces recordé el episodio de la puerta. Llegué a la entrada. Primero con alivio y a continuación con desconfianza, comprobé que la puerta de acceso a la vivienda volvía a estar en su lugar. La llave continuaba colgada en la cerradura –lugar donde tengo costumbre de dejarla–. Giré la llave. Una vuelta. Seguí girando. Segunda vuelta. ¿Habría sido todo un sueño? La puerta se abrió. Salí con cautela y me asomé al hueco de la escalera. Sólo escuché el llanto apagado de un niño y unas palabras sueltas de alguna conversación tras los tabiques de uno de los pisos de arriba. Luego, el niño calló. Permanecí un minuto más, apoyada en la barandilla. La luz del patio entrando a través del cristal esmerilado del ventanuco de la escalera. La vida continuaba su flujo normal. No había grietas en la realidad. Ninguna fisura por la que pudiera haberse colado una realidad de ultratumba; o paralela; o simplemente, otra cosa… ¿No sería precisamente eso lo que había sucedido? ¿Otra cosa? ¿Y si se trataba de mi propio cerebro? ¿Y si había sido víctima de un estado de enajenación transitoria? Vuelvo a entrar en la casa. Voluntariamente dejo la puerta de la entrada abierta. Siento que si la dejo así, de par en par, las vidas de mis vecinos, sus realidades cotidianas, sin apariciones de ultratumba, sin más sobresaltos que el timbrazo de un teléfono o el aviso en el buzón de una multa de tráfico, esas vidas normales entrarán en la mía, se mezclarán blandamente con mi propia vida, devolviéndole normalidad a las horas y minutos por los que he de continuar transitando, apaciguando mi mente, sosegando mi corazón. Escucho el canto de un pájaro. El ronroneo lejano del motor de algunos coches circulando por la avenida. Un gorrión se ha posado en el alféizar de la ventana del comedor. Al verlo, moviéndose a saltitos al otro lado del cristal, soy consciente de hasta qué punto ha regresado la normalidad a mi casa. Las persianas en sus posiciones habituales; las cintas en su lugar; la luz entrando a raudales a través de la puerta corredera de la terraza; y los espejos… los espejos cumpliendo obedientes su función.