La calle estaba a oscuras. Únicamente la tenue luz de una temblorosa bombilla, mecida por el viento húmedo de aquella noche lluviosa, iluminaba débilmente la silueta de una mujer que apresuradamente caminaba hacia el viejo edificio levantado al final de la calle. Sus pasos resonaban en el asfalto, dejando tras de sí un eco rítmico y solitario. Se detuvo ante el portal y sacó un manojo de llaves tintineantes. Mecánicamente, casi sin mirar, eligió una de ellas, introduciéndola en la cerradura y, empujando la pesada puerta, entró. Apretó el interruptor y una luz amarillenta la iluminó. Era una mujer de mediana estatura y estilizada figura. Su pelo oscuro, recogido sobre la nuca, hacía resaltar sus facciones perfectas y sus bellos ojos negros. Vestía un uniforme de color verde y zapatos negros de escaso tacón.

 

Subió las escaleras sin prisa, apoyando ligeramente la mano izquierda sobre el pasamanos, hasta llegar al tercer piso. Dos puertas franqueaban el rellano, situadas una frente a otra. La mujer se dirigió hacia la puerta de la izquierda y, tras girar la llave dos veces, ésta se abrió con un chasquido seco.

 

Un hombre la había seguido escaleras arriba y, sin advertir su presencia, la mujer se dispuso a entrar en casa. El individuo la llamó. Sobresaltada al escuchar su nombre, se giró. Quedaron uno frente al otro, observándose en silencio. Un silencio tan sólo interrumpido por el tictac automático de la luz del descansillo. El sonido cesó de repente y la escalera quedó a oscuras. El individuo repitió su nombre. –Ana –dijo susurrante mientras se acercaba a ella. La mujer uniformada de verde se apresuró a a encender la luz del recibidor. Con un gesto firme que no dejaba lugar a dudas, le indicó que no se aproximara más. El hombre obedeció. Cansadamente descolgó la mochila militar que llevaba en su hombro derecho y la dejó suavemente a sus pies.

 

Era alto, de complexión fuerte. Su rostro reflejaba miedo y tristeza. Siete duros años de lucha en el frente le habían empujado a la deserción y a aquel rellano de escalera, buscando el cobijo de unos brazos, años atrás cálidos y amantes y que hoy, sin embargo, lo repudiaban.

 

Ana no daba crédito a lo que veía. La palabra “fantasma” cruzó su mente oscurecida, como si de un relámpago se tratara. Siete años intentando olvidarlo. Siete largos años bañados en amargura, soledad y recuerdos que la torturaban en mitad de la noche. Se había entregado con devoción febril a su profesión de enfermera en el Hospital Militar buscando llenar un vacío, tratando de olvidar su propio dolor entre el dolor de los cientos de soldados que la guerra escupía y arrojaba como un cuentagotas eternos en aquel hospital que, desde hacía ya varios meses, se veía incapaz de acogerlos a todos en sus amplias salas.

 

Perdida la cuenta del número de cartas enviadas a la Unidad nº 4 del Cuerpo de Infantería y que nunca obtuvieron respuesta, su corazón herido fue cerrándose, enmudeciendo poco a poco. Y ahora, aquellos siete años buscando respuestas a una misma pregunta, cobraban vida en un único instante, ante la visión de aquel hombre derrotado, aquella sombra doliente que le imploraba lo mismo que ella había pedido tantas noches, tantos días, sin resultado.

 

No sintió compasión, sólo rabia. Una rabia inmensa que se apoderaba de su corazón. Una rabia dirigida hacia un Cielo, hacia un Dios que nunca la escuchó, que permaneció impasible ante su dolor y que ahora se burlaba de su inteligencia. Y Le pidió que no mintiera. Aquello no era real. No podía serlo. Manuel estaba muerto y aquel Dios, indiferente y lejano, estaba jugando una vez más con ella. La idea de su muerte había crecido con tanta fuerza en su interior a lo largo de los últimos años, que ésta había llegado a convertirse en certeza.

 

Lentamente se dio la vuelta. En su mente un único pensamiento: “No me mintáis más. Nada podéis hacer para abrir nuevamente la herida que con tanto sufrimiento logré cerrar. No hay nada más. Nada dentro de mí y nada fuera de mí. Manuel está muerto y no conseguiréis engañarme.”

 

Ana cerró la puerta sin mirar atrás. La escalera quedó sumida nuevamente en la más absoluta oscuridad, ocultando las lágrimas que resbalaban por las mejillas del hombre. Con gesto cansado, derrotado, recogió su bolsa y descendió lentamente hacia la calle. Fundiéndose en la negrura de la noche, su silueta se difuminó.

 

El viento húmedo mecía una temblorosa bombilla que débilmente iluminaba el pavimento brillante y mojado. Aquella noche llovía.