María Jota Hernández

No soy la cantante

Tu generación y la mía

No a la guerra

 

En 2003, conmocionada por la barbarie provocada tras la invasión de los Estados Unidos y sus aliados en territorio iraquí, escribí un pequeño artículo para una revista que, con toda nuestra alma supliendo la falta de medios, elaborábamos un reducido grupo de compañeros y amigos del trabajo. Hoy, sumida en un mundo donde la falta de cordura  parece haberse adueñado de las democracias europeas y estadounidense hasta unos extremos realmente insoportables, en un mundo en el que las sombras vuelven a avanzar de un modo realmente peligroso, retrotrayéndonos a un pasado que llegamos a creer superado, he recordado aquellas reflexiones, cargadas de esperanzas y pienso que aún estamos a tiempo, que siempre lo estamos, de frenar este tenebroso avance, de frenarlo con nuestras manos, con nuestras acciones, con nuestra inteligencia y nuestra fuerza nacida de la lógica y de lo que nos caracteriza como especie humana evolucionada y como tal nos une: el convencimiento de que la maldad y la sinrazón son estados retrógrados que nos llevan al abismo mientras que la fuerza de la razón, la compasión, la justicia y la unidad como especie son el único camino hacia la paz y el desarrollo de los pueblos. Del cajón de los recuerdos vuelvo a sacar aquel escrito y os lo ofrezco con todo mi amor, con el deseo de que, al compartirlo de nuevo, recordemos, cada uno de nosotros, el enorme poder que todos juntos tenemos. Somos una gran marea. Seamos conscientes de esa fuerza.
 

TU GENERACIÓN Y LA MÍA
¿Qué hay entre tú y yo que nos une, que nos asemeja? ¿Qué hay entre tú y yo que nos separa, que nos individualiza? O mejor dicho ¿qué hay entre tu generación y la mía que nos acerca unas veces y nos distancia otras?
Soñé una vez –bueno, para qué engañarte; soy una soñadora empedernida y ese deseo anidó en mí durante varias estaciones–, soñé que ésto cambiaba, que todos juntos, empujando a la vez y en la misma y única dirección posible, hacia adelante, asombraríamos al mundo caduco, de imperialistas envenenado, de capitalismos podrido, demostrándole que la revolución de las ideas, de la razón, del respeto y la solidaridad, de la inteligencia frente a la fuerza bruta, no sólo era posible sino, más aún, absolutamente necesaria. Parecía que habíamos llegado al límite de la situación, que la cuerda no podía ser tensada ni un centímetro más sin romperse, que los años sesenta marcarían el punto de inflexión entre dos tiempos: uno carcomido desde sus entrañas y otro nuevo cargado de palabras como pacifismo, amor, no violencia... Pero la cuerda resultó que daba aún más de sí. Y resultó que los límites no los impusimos nosotros, ni el grado insoportable de injusticias y sufrimientos que pesaban sobre el planeta y sus habitantes más desfavorecidos. Los límites los marcaban los otros, siempre los otros. Y volví a soñar con que el espíritu de la revolución no había desfallecido, pues es inherentemente proporcional al número de humillaciones que el ser humano continúa teniendo que soportar. Y mi esperanza de cambio renació cuando os vi gritar en las calles que otro mundo es posible, renegar de las guerras, llorar a los muertos; cuando os vi despertar del aletargamiento que esta sociedad de consumo, en cuyas fauces todos hemos sido engullidos, os había sumido, desde antes de que fuerais capaces de dar vuestros primeros pasos.
Hace falta siempre mucho dolor y mucha rabia para que el pueblo se rebele, grite y eche a andar en la dirección contraria a la que desearían los más poderosos. No es culpa vuestra que no os hubierais dado cuenta del poder que vosotros, todos juntos, también tenéis. Se os quiso convencer –y casi lo lograron– de que pasaríais a la historia como la generación perdida, una especie de eslabón flácido, debilitado por la falta de ilusión, de confianza, de luz, en cuyo punto ¡cuánto deseaban algunos que se rompiera la cadena! Pero la cadena no se quebró y el sentimiento de que sí podemos ejercer presión, contrarrestar la que sobre nosotros ejerce el sistema, vuelve a correr como corriente eléctrica que, de eslabón en eslabón une, desde todos los tiempos, todas las generaciones.
No olvides tu rabia, ni el dolor de los demás que es el tuyo propio; no olvides nunca que uno sólo no es nada pero todos juntos podemos cambiar este mundo si de verdad, desde nuestro corazón, sinceramente nos lo proponemos. No olvides nunca que las trampas seguirán siempre colocadas ante nosotros y habremos de salvarlas, una a una.
Todos juntos es posible.

 

4 Comentarios

  1. Gracias por tus poemas y tu compromiso. Muchas gracias por el optimismo que imprimes.

  2. Me gusta mucho leerte

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