María Jota Hernández

No soy la cantante

Una curiosa coincidencia

 
 

–Algunas cosas se aprenden demasiado tarde.

 

Me lo había dicho al oído, aproximando su cabeza hacia mí con trabajoso esfuerzo. La voz de mi padre, por momentos más y más débil, surgía como delgado hilo luchando por encontrar un espacio libre entre cada estertor de su pecho.

 

Aquella misma mañana las enfermeras, por orden del doctor, retiraban los cables que hasta ese momento mantenían la exigua vida unida a un sofisticado aparato, encargado de suministrar información al equipo médico acerca de la evolución del paciente. En la última visita, el doctor, observando con atención los datos ofrecidos en la pantalla, había mirado a mi madre –sentada junto al lecho del enfermo– mientras negaba con la cabeza.

 

–No se puede hacer nada más. Lo siento –dijo colocando la mano sobre su hombro, respondiendo así a su expresiva mirada que lo interrogaba, en silencio, desde el convencimiento angustioso de lo que se sabe está a punto de precipitarse sobre nosotros.

 

Ahora no recuerdo si fue a causa del cansancio producido por la tensión acumulada durante estos últimos cinco meses, o el sopor que me causaba el sonido de su respiración, irregular aunque suave, mientras dormitaba por efecto de los calmantes. El caso es que sin darme cuenta me encontré en medio de una neblina espesa, muy blanca, que me envolvía y acariciaba mientras caminaba, o mejor dicho me desplazaba ingrávido, sin peso, a través de ella. Y de pronto, de entre la bruma surgió él, frente a mí. Aparentaba menos edad, aunque no me apercibí de ello hasta unos momentos después. Más fuerte, más grueso y más poblada la cabeza: tal y como lo recuerdo de los días en que yo aún era un niño. Al principio me sobresalté y pensé: “Ya está aquí otra vez. Ahora me gritará y me dirá que soy un inútil, que no sirvo para nada”. Mi inquietud se tornó extrañeza al escucharle decir: “Perdóname, Pablo. ¿Podrás?” Su mirada, aquella que antaño me produjera tanto pavor y que en vano trataba de evitar siempre que la sentía sobre mí, sin atreverme siquiera a huir con el propósito de refugiarme en cualquier rincón oscuro de la casa, donde no pudiera atravesarme; aquella mirada amenazante y rígida tantas otras veces, ahora la encontraba de nuevo, aunque esta vez ya no sobre mi cabeza dolorosamente doblegada, sino frente a frente y, ante mis ojos asombrados, descubrí una mirada abatida por una tristeza profunda y un hondo dolor. La contemplación de mi padre me sugirió algo profundo y conmovedor. Sin embargo, un impulso desconocido me empujó hacia atrás, alejándome de él. Súbitamente fui consciente de los latidos del corazón golpeando contra mi pecho. Sus manos, extendidas hacia mí, me suplicaban. ¿Debía perdonarlo? ¿Sería capaz de hacerlo?

 

–Algunas cosas se aprenden demasiado tarde –dijo sin mover los labios. En el interior de mi cerebro escuchaba su voz, débil, cual delgado hilo luchando por encontrar un espacio libre entre las dudas de mi corazón. En ese mismo instante sentí que él era yo. O quizás que yo era él… No lo sé. En realidad se trataba de algo más profundo y sutil. Algo así como la certeza de que no existíamos ninguno de los dos como entes individuales; que ambos nos diluíamos en esa misma niebla, formada por innumerables consciencias, que nos envolvía y a la que nosotros nos íbamos sumando suave y delicadamente, ampliando, extendiendo sin limitación alguna mi inequívoca convicción de que, por fin, había alcanzado el todo, la verdad de las cosas, la energía que todo lo fusiona y lo crea en una infinita sucesión de momentos.

 

Así que ¿cómo no voy a poder perdonarlo? Todo está ahora tan claro para mí… Él, yo, todos caminando por un mundo laberíntico imposible de recorrer sin chocar una y otra vez contra sus muros. ¿Quién de nosotros está libre de cometer errores? ¿Quién puede levantar la mano para arrojar la primera piedra? No, definitivamente nunca es tarde para comprender, y por esa misma razón, tampoco lo es para perdonar.

 

Súbitamente el electroencefalograma ha comenzado a emitir un pitido agudo y continuo: el lamento de lo que se fue para no volver jamás. Se escuchan sollozos ahogados en la pequeña habitación de la clínica mientras me cubren la cara con la sábana y alguien intenta consolar a mi madre:

 

–Tu hijo descansa al fin, Herminia. Los dos lo hacen. Ya ha pasado lo peor.

 

Fuera, en el blanco pasillo, mis dos tíos, hermanos ambos de mi padre, comentan entre murmullos llenos de asombro:

 

–Qué extraño ¿verdad? Se diría que Pablo, aún después de cinco meses en estado de coma, se daba cuenta de todo lo que sucedía y sólo se ha permitido a sí mismo morir una vez que el fatigado corazón de su padre ha dejado de latir.

 

–Sí, eso mismo he pensado yo. Es realmente curioso…, al menos una coincidencia curiosa. En fin, entremos de nuevo. Herminia está destrozada.

 

–Sí, entremos.

 

©MaríaJoséHernándezHernández
 

6 Comentarios

  1. Jesús Pérez Polo

    16 mayo, 2017 at 2:17 pm

    Precioso, triste, esperanzador, y sobre todo humano
    Gracias

  2. Muy humano, muy real, muy bello, muy triste…
    Me ha llegado al alma Mari Jota

  3. Carlos Asorey Brey

    2 abril, 2017 at 11:07 am

    Me ha gustado y me ha sorprendido.
    No dejas de gustarme y sorprenderme.
    Gracias.
    Además, pura terapia.
    Para quien la necesite.
    Otras gracias. Por si acaso.

    Sigue. Tú sigue, no hay prisa.

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